Se que nada justifica esta carta, como se que nada justifica ninguna. Será tal vez la nostalgia de juntar esas pocas palabras que intentaban ser reflejo de un alma, ese reflejo tan cristalino -como pueden ser claras las aguas de un río turbio y confuso- que no dudaba en regalarte.
¿Qué es lo que queda de esos tiempos en los que fuiste mi fiel compañera, mi confesora, mi ángel, mi único amor? No lo sé, pero sé que también somos lo que hemos perdido y que estás y estarás presente en mi vida como una huella constante que le da y le dará inconfudible resplandor a cada sueño, a cada mirada, a cada tristeza, a cada cosa, a cada palabra.
Veo -innegable, maldito- el paso del tiempo. Lo veo y es viento, voraz huracán que arrastra con fuerza sonrisas, alegrias, dolores, silencios. Lo veo alejarse y siento nostalgia. Me resigno confuso, conozco -oh vanidad- mis límites y sé -oh vanidad- que ya no puedo descansar en la dulce nube de los sueños. Lo veo arrastrarlo todo (lo sé y vaya que lo sé, también sentimientos) seguro, incansable.
Evoco un pasado ya muerto, es verdad, pero sólo los ojos ciegos piensan que después del terremoto se ha perdido todo. Podrán los rugidos de la tierra hacer caer el tronco de los árboles, podrán las olas violentas ahogar sus copas, podrán los vientos llevarse sus hojas; pero nada, jamás, hará sucumbir -perfectas, intocables, eternas- a sus sólidas raices.
Y de raices quisiera hablar hoy, de las raíces que no pueden cortar las peleas, de las raices que no pueden destruir ni los errores, ni las equivocaciones, ni los rencores, ni las distancias, ni los dolores, ni el paso del tiempo.
Hemos perdido el pasado, la palabra que debería haber sido silencio, el silencio que debería haber sido palabra. O más triste aún, hemos perdido el presente, sólo queda el pasado. ¿Puede haber futuro cuando no hay siquiera presente, cuando sólo hay pasado? Por eso escribo.
Y vuelvo a mentir, porque cada vez que hablo (también el pensar es un hablar) miento. No se trata de cambiar un orden por otro, no se trata de destruir el viejo para imponer uno nuevo, no se trata de nada. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero.
Renuncio entonces al falso saber, a la vanidad de conocer, a la estúpida promesa, a la idiotez de certezas acerca del futuro cuando no existen ni hoy ni ahora. Renuncio a todo es verdad y no porque quiera sino porque el viento se lo lleva, se lo llevará, absolutamente todo. Todo, todo, todo menos las raices.
¿Qué quiere decir todo esto? Nada.
Por un momento me siento dueño del tiempo, él necesita del golpe de mis dedos para confirmar su fluir. Él sin mí no es nada, ¿y yo sin vos?
No escuches en mis palabras (malvadas, tramposas, ¿como yo?) el inarmónico sonido del amor; no saborees en ellas el mar salado de lágrimas o nostalgias. Y no lo hagas, porque yo no lo hago, y porque hoy quiero hablar de raices y a las raíces nada las mancha (ni siquiera el amor, al que lo arrastran los vientos).
Que en este mundo que hoy creo para vos donde todo queda negado y destruido menos las raices, que en este mundo pequeño pero absoluto... todo sea dicha y felicidad.
¡Feliz Año Nuevo!
Raíces (Parte de cualquier cosa, de la cual, quedando oculta, procede lo que está manifiesto),
1 de enero de 2005
Es uno de mis escritos viejos favorito. Por ahí por la persona y el momento en el que lo escribí. Por ahí porque trata algunos temas que siempre me están cuestionando. Por ahí porque sí, un poco lo del principio, nada justifica nada, nada se justifica por sí sólo. Lo bueno es que siempre lo olvidamos, que escribimos o hablamos o actuamos porque sí pensando que ya es suficiente.
Tal vez me guste porque es nostálgico. Porque me hace pensar en... en los momentos compartidos... en lo que era hermoso. Por ahí tiene razón un amigo que dice que el amor tiene efecto boomerang. Por un lado es el gran y único dador de ser, que surge, se desprende de uno y va con todas las energías, con todas las ganas, con toda la felicidad. Después, después. El tiempo. Y la magia se te viene encima toda junta, lo que fue pluma vuelve como roca, lo que se perdonaba ahora es motivo de odio, lo que fue palabra amable ahora un insulto. Y así va y viene, el boomerang inmaterial del amor que viaja aureamente vuelve para golpearnos en la frente con toda su materalidad indiferente.
"- Así va a ser difícil que nos entandamos como en otros tiempos.
- En nombre de los otros tiempos se hacen las grandes macanas en éstos."
- En nombre de los otros tiempos se hacen las grandes macanas en éstos."
Y el tiempo pasa. Y lo que en su momento era presente y futuro, ahora es presente y pasado. Odio todo aquello que no sea eterno, y sí, nada lo es. Lo único que parece quedar es la exaltación constante del presente, asumirlo todo como fugaz y pasajero. Pero el anhelo de la eternidad escapa de aquello que sería más saludable disfrutar. Y no puedo dejar de anhelar la eternidad. Por eso tal vez Raíces..., por eso tal vez hoy ponerlo acá, por eso tal vez las palabras que le han seguido. Acaso nunca halla logrado escapar de esa eternidad deseada. Y cualquier cosa, cualquier gesto, cualquier palabra intercambiada es un motivo más para volver a creer.
En el fondo reescribo lo ya dicho. No creo aportar nada nuevo. O tal vez sí. Ya pasaron tres años desde ese escrito y hoy, de alguna u otra manera, lo estoy reafirmando. Manifiesto aquí y ahora, que aunque no lo leas y nunca lo vayas a leer, sigo pensando lo mismo que ayer, y que antes de ayer, y que ayer de antes de ayer. Y que hoy. Y supongo que mañana. Exactamente por lo mismo que decía antes. Porque por más que sepa que sólo me queda disfrutar del presente no puedo dejar de anhelar la eternidad. Y hoy nuevamente te eligo a vos, para que seas parte de ella, hoy y siempre.
1 comentario:
Gato sos el mejor!
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